Hacía un día gris, un poco amarilloso,
todo lo que sabía era mentira
y él se hacía mentira,
porque no quería, porque no sabía.
Había sido abandonado a su suerte,
ya no tenía pecados
y se hacía un ser de luz;
no sabía exactamente a dónde iba, de hecho,
ni le importaba,
¡que cielo ni que infiernos!
él se despedía de su mayor tormento
y no tenía palabras para describirlo,
sólo asentimientos y sonrisas
ojos de monalisa enardecida,
nada más importaba, nada más le molestaba.
¡Despídete de la tierra pequeño canibal!,
¡Despídete niño!,
que lo tuyo no es esto.
-¡Hasta luego y buena suerte!
-le decía a sus montañas-
-¡Hasta luego y buena suerte!
-...a esas marañas-
Esas marañas que le vieron crecer
y que ahora, sin más ni más, le veían morir.
Sara Tabares
2/Agosto/12
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