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sábado, 8 de diciembre de 2012
¡Caldo de las mil carnes!
Algunas personas tienen la fea necesidad de ser moldeados,
su inexistencia los obliga a ser bollos deformes
que toman el cuerpo físico de cualquier ente que les moldee,
de cualquier ente que se encargue de ellos.
Algunos simplemente no saben lo que son,
van por el pequeño mundo que han podido descubrir
mostrando siempre una faceta diferente de si mismos,
para no mostrar quienes en realidad son,
personas, o más bien personajes de su propio monologo;
Actores imperfectos que de la cruda realidad no saben un carajo
porque andan metidos en su burbuja cancerígena a la que llaman cabeza.
Otros que sin saberlo son adictos a la fama,
a ser conocidos por todos
no importa cual sea el merito,
la fama es una necesidad física y poco profunda que les llena…
¿Llena qué…?
no lo se, no soy famosa.
Otros que definitivamente por andar buscando y buscando
han encontrado algo,
no se sabe exactamente que tipo de algo
pero dicen que se llama “felicidad”,
que falsamente se jactan de haberla encontrado
y al lapso de 3600 segundos ya están maldiciendo su existencia
y pidiendo a su amigo imaginario que los libre de todo mal…
Como si delegar todo lo supuestamente real ya no fuera más que costumbre,
delegamos el poder, la salud, nuestro alimento, nuestras creencias…
delegamos nuestra vida porque nos quedo grande vivirla
y hacernos cargo propiamente de ella,
delegamos hasta lo que no se puede delegar,
creyendo hacer bien al librarnos de algunas cargas.
Todo ese caldo maligno, caldo de las mil carnes,
Se sustancia y se pudre a diario,
Porque cada vez que uno de nosotros es consumido
por un ente hambriento que nuestro delicioso aroma ha atraído,
el caldo se revuelve y es saboteado y es arrancado y es vaciado.
El caldo que sobrevive a fuego lento
y del que sus presas corpóreas
no se escaparan a un desarreglado conjunto dental
que le masticará hasta su sosiego…
Porque que importa si el día de mañana le echaran otras 500 carnes nuevas más,
que más da comer una, dos o mil…
igual este caldo esta sobrepoblado.
Sara Tabares,
28/Junio/2012
domingo, 2 de diciembre de 2012
Montañas, marañas
Hacía un día gris, un poco amarilloso,
todo lo que sabía era mentira
y él se hacía mentira,
porque no quería, porque no sabía.
Había sido abandonado a su suerte,
ya no tenía pecados
y se hacía un ser de luz;
no sabía exactamente a dónde iba, de hecho,
ni le importaba,
¡que cielo ni que infiernos!
él se despedía de su mayor tormento
y no tenía palabras para describirlo,
sólo asentimientos y sonrisas
ojos de monalisa enardecida,
nada más importaba, nada más le molestaba.
¡Despídete de la tierra pequeño canibal!,
¡Despídete niño!,
que lo tuyo no es esto.
-¡Hasta luego y buena suerte!
-le decía a sus montañas-
-¡Hasta luego y buena suerte!
-...a esas marañas-
Esas marañas que le vieron crecer
y que ahora, sin más ni más, le veían morir.
Sara Tabares
2/Agosto/12
todo lo que sabía era mentira
y él se hacía mentira,
porque no quería, porque no sabía.
Había sido abandonado a su suerte,
ya no tenía pecados
y se hacía un ser de luz;
no sabía exactamente a dónde iba, de hecho,
ni le importaba,
¡que cielo ni que infiernos!
él se despedía de su mayor tormento
y no tenía palabras para describirlo,
sólo asentimientos y sonrisas
ojos de monalisa enardecida,
nada más importaba, nada más le molestaba.
¡Despídete de la tierra pequeño canibal!,
¡Despídete niño!,
que lo tuyo no es esto.
-¡Hasta luego y buena suerte!
-le decía a sus montañas-
-¡Hasta luego y buena suerte!
-...a esas marañas-
Esas marañas que le vieron crecer
y que ahora, sin más ni más, le veían morir.
Sara Tabares
2/Agosto/12
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